Mientras Israel intensifica su ofensiva en la mayor ciudad de la Franja de Gaza, miles de residentes enfrentan un dilema imposible: huir sin rumbo o quedarse entre las ruinas. La desesperanza, la historia en peligro y una hambruna provocada, marcan el día a día en una de las ciudades más antiguas del mundo.
“Mi corazón llora por Gaza. No sé qué destino le espera”, dice desde Ginebra el arqueólogo Fadel al Otol, que logró salir hace apenas unos meses, pero que ahora teme por su familia y por los tesoros históricos que intentó preservar durante décadas. La ciudad, con restos de civilización que datan del 3500 a. C., está siendo arrasada por los bombardeos, incluida la antigua zona de Zaytoun, con la mezquita Al Omari y dos iglesias históricas.
Más del 80 % del territorio gazatí ya no es accesible para la población civil, y el Ejército israelí asegura haber tomado el 40 % de la Ciudad de Gaza, en un intento por presionar a Hamás, tras los ataques del 7 de octubre de 2023. Sin embargo, los civiles enfrentan un panorama desolador: desplazamientos forzados, viviendas reducidas a escombros y una hambruna ya reconocida por la ONU como “totalmente provocada por el hombre”.
“Es la peor situación por la que ha atravesado Gaza”, denuncia Amjad Shawa, director de la red de ONG palestinas (PNGO), desde la ciudad bajo ataque. Las explosiones suenan mientras habla por teléfono, y denuncia la casi imposibilidad de entregar ayuda humanitaria. “Miles de familias están en la calle sin siquiera una tienda de campaña”.
Desde dentro, madres como Sham Mahmoud intentan proteger a sus hijos del miedo constante. “Mis hijos viven aterrorizados. No quiero exponerlos al peligro, pero no tenemos a dónde ir”. El sur ya no es una opción: el alquiler es inalcanzable y los ataques se han extendido a toda la Franja.
Con casi toda la población desplazada en múltiples ocasiones, la sensación de desesperanza es generalizada. “Me quedaré en Gaza todo lo que pueda”, dice Ezzedine Mohammed. “La vida es aterradora en todos los sentidos”.
A pesar de todo, el arraigo a la tierra es más fuerte que el miedo. “Gaza ya es un cementerio de nuestros sueños”, lamenta Shawa. Pero añade: “Personalmente, nunca me rendiré. Gaza es Gaza para mí”.

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